El Apruebo y la revolución como espectáculo

El 2020, un año para encontrar nuevas formas de organización social y  política | Política | Noticias | El Universo

Introducción

Raro sería que alguien dude del sentido de las dos primeras palabras que saltan a la vista: Apruebo y Revolución. Sin embargo, ¿Espectáculo? ¿Por qué? Hablar del espectáculo es hablar de Debord, un pensador que poco se ha tomado en cuenta por parte de los sectores revolucionarios. No se busca aquí hacer una investigación ni un paper académico, así que lo haremos breve. El término en cuestión es presentado por el autor en su obra capital: La sociedad del espectáculo (1967) y hace referencia a una forma de relación social que está mediada por imágenes (s4), así como también refiere a un mundo que ha sido invertido en el cual lo que pereciera ser verdadero, es falso (s9). El espectáculo es la fase actual del sistema capitalista, en la cual la sociedad ha preferido la representación antes que la realidad, donde los deseos, relaciones y conductas están influidas en su totalidad por el espectáculo, es decir, no deseamos ni nos relacionamos como queremos, sino como se espera que lo hagamos. El espectáculo está en todas partes, así como va desde la televisión y la radio (cahuines, farándula, reality shows, banalidades del día a día, clima, etc) también llega a nuestras relaciones y forma de ser: al subir historias al Instagram o publicar alguna opinión en nuestras redes sociales, cuando somos o nos vestimos de cierta forma para encajar, cuando queremos imitar lo que vemos (ser modelo de ropa interior, tener el mejor empleo, tener un cuerpo esbelto y tonificado, etc.).

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Un debate que se está dando a nivel nacional, a casi un año del inicio de la revuelta de octubre del 2019 y pareciera ser que todos los sectores de la sociedad se han empeñado en tratarlo en todas partes y en todos los tonos: los diarios, la televisión, la Iglesia, los partidos políticos, etc. El debate del plebiscito que se nos avecina en unas semanas; abstenerse, aprobar o rechazar.  Basta subir al transporte público 20 minutos, y se escuchará algo relacionado. Tratar el plebiscito es inevitable.

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Lo que en sus inicios era una protesta desorganizada y que involucró a variados sectores de la sociedad, no hizo más que sacar a la luz los trapos sucios que viene arrastrando la sociedad del territorio chileno, la burda distinción entre la manifestación pacífica y la violenta, cada una con sus respectivos manifestantes. Distinción de la que no se ha hecho responsable aun el proletariado actual.

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La misma división que se dio al interior del proletariado a fines del 60’ y principios del 70’ que se mostraba entre la izquierda al lado del “compañero” Allende y una izquierda radical, vuelve a penarnos hoy. Desde inicios del nuevo milenio hemos asistido a una informalización de la protesta; caras tapadas sin ley a destrozar lo que se les cruza; y por otro lado, la política reformista heredera de la nostalgia y derrota tras el 73.

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La irrupción (en buena hora) que realiza la clase política con el fin de tranquilizar los humos (de los acontecimientos de octubre) cumple con creces sus objetivos, la propia manifestación violenta e informal se cubre de un tinte institucional. Para este nuevo agente social es completamente compatible el enfrentamiento con la policía, y las exigencias reformistas. La cosa es simple: nueva constitución o nada.

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Pasan unos días y ya en todas partes se habla de la nueva artimaña de la clase política, que en completa sincronía con los medios de comunicación se hacen un festín en cada hora. Se le pregunta la opinión a la gente en la calle, se cuestiona el uso de la violencia, se cuestiona la continuidad de la vida (o no-vida) en nuestro territorio, etc. En redes sociales gran parte de la gente publica y comparte cosas relacionadas. Se han empezado a crear las primeras imágenes espectaculares.

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Empiezan a adorarse las imágenes de la protesta, las performance de quienes llegan con un disfraz a ella (como si de un desfile se tratara), se halaga a tal o cual manifestante que hizo o dijo aquello. Empiezan a dar su opinión y a manifestar su repudio integrantes de los partidos políticos de izquierda, quienes no hacen más que seguir el juego de la lucha espectacular: gritan y reclaman, suben una publicación a twitter, se toman una foto en una protesta, increpan a las autoridades, etc, aunque es sabido que no apuntan a una destrucción de lo existente. Quizá pudo haber sido así en algún momento. ¿Hoy? No.

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Estas falsas luchas espectaculares se reproducen en gran parte de la población, la gente empieza a compartir una publicación y a cuestionar, pero no quieren un cambio radical. Difunden una imagen, se toman una foto en la barricada, toman una foto de un cartel que les gusta, etc. Quien más comparte estas publicaciones se cree (y se convierte en) un falso revolucionario. El revolucionario-espectacular, hijo de la sociedad del espectáculo. El revolucionario por antonomasia, aquél que posee todos sus datos de información personal en Facebook e Instagram.

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El Apruebo se ha convertido en el escudo de aquél falso revolucionario.

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El Apruebo bien cercano es a uno de los procesos anteriores que ha tenido este territorio, el plebiscito del 88, cuando supuestamente se echó al dictador con un lápiz y un papel. No promete algo muy distinto este proceso actual. Éste último al igual que su antecesor, promete condenar en las últimas páginas de los libros de historia y a las murallas del territorio al proletariado muerto, encarcelado y violentado.

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La crisis de la economía dominante en nuestro territorio viene manifestándose hace décadas. En los 90’ empieza a tomar un carácter un poco más notorio el anarquismo y se hacen cada vez más constantes sus pugnas con los bandos reformistas, especialmente en los primeros 15 años del nuevo milenio. Vuelve a surgir y se pone sobre la mesa el empleo de la violencia en las manifestaciones.

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Varios sectores que se dicen ser revolucionarios, han dejado el debate teórico de lado o, simplemente se han quedado con lo que históricamente han considerado correcto. Un debate que ha sido evadido de esa forma no hace más que mostrar los problemas que nunca se trataron, y que, como si de una bola de nieve se tratase, hoy esos problemas han aumentado y están a punto de caer sobre un grupo humano que ignora la bola que viene de la montaña a gran velocidad.

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El proletariado cuenta con serias trabas a la hora de organizarse y definirse. Las imágenes del gobierno de Allende se repiten, así como su figura. Éste y su vía chilena al socialismo arrojó por la borda a: a) los grandes índices de politización en la sociedad (para así poder transar y encajar con los otros partidos), b) la radicalización del movimiento obrero y c) a la izquierda radical que le desobedeció (la V.O.P.). Allende estaba en una carrera, eligió frenar. Su figura sigue rodeada de un misticismo y nostalgia que hoy debiesen de cuestionarse. La superación de Allende es una exigencia previa para la articulación de nuevos discursos y prácticas de lucha por parte del proletariado.

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El Apruebo se ha nombrado a sí mismo como la Revolución. Ambas ideas no se distinguen, son una. La Revolución que se nos ofrece es el Apruebo. Quien lo deseche será clasificado de contra-revolucionario e indolente ante las bajas del proletariado. Este tipo de procesos son como la serpiente que se come su propia cola eternamente.

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Quienes ven en los medios de reproducción de la ideología capitalista, una pequeña esperanza revolucionaria, están a tiempo de desecharla. El control total de la vida va en aumento, y si se quiere destruir el modelo existente, urgente es destruir todos sus resquicios y brazos, que aunque no lo aparentan, están armados -hasta los dientes- de ideología. Han construido una falsa revolución que ya está produciendo a su falso ejército revolucionario.

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El Apruebo es un show de masas que se come a sí mismo. Tal como la sociedad capitalista va directo a su autodestrucción, el Apruebo es el nuevo imperativo de la conducta moral del siglo XXI. Sus revolucionarios han interiorizado la lógica del modo de producción existente y se devoran a sí aniquilando toda perspectiva y cambio que opta por lo real, quedándose con la apariencia de lucha que les ha vendido el propio sistema espectacular.

Camila Iconoclasta

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